Reflexiones: la pandemia puso en evidencia la decadencia del sistema anterior. Es imposible no preguntarse: ¿realmente queremos volver a la normalidad?

Yo no deseo volver a la normalidad, deseo que se cree una nueva normalidad. No deseo volver a un mundo donde vivimos corriendo persiguiendo un pedazo de papel que nunca nos dejará satisfechos.

Prefiero vivir una nueva normalidad donde ayudar al otro sea parte de los valores, y no una excusa para hacer una nota que llene de vanidad a un programa televisivo y saque una lagrima de una mujer en su barrio cerrado y electrificado en el camino que une Buenos Aires con La Plata o en cualquiera otra parte del país.

No deseo volver a una normalidad donde la experiencia se gana y se gesta con autohumillación; donde la entrega se trata de una mera individualidad.

Prefiero vivir una nueva normalidad donde el colectivo persiga objetivos comunes, en lugar de pelearse por las palabras que se le imponen al día a día.

¿Para que volver a la normalidad donde el rico tira a la basura lo que le sobra, para que el pobre hurgue en ella buscando algo de comer?

Es preferible una nueva normalidad. Una donde la dignidad no dependa solo del dinero. Donde los éxitos no se midan por el modelo de automóvil estacionado en tu cochera. Muchos menos por la cantidad de pisos que tiene tu casa. Más bien nos serviría una normalidad donde midas los logros por cuanto hemos hecho por ayudar a los demás.Por cuanto transformamos el futuro de la humanidad.

Me decían que es normal el odio. Que es normal que la gente se trate mal. Que es normal que el hijo del padre tenga futuro, y el que nace guacho no tenga derecho a una vida digna.

También me decían que es normal que un país invada a otro, que le declare la guerra. Que la vanidad es humana, las acciones armadas y el egoísmo como algo natural. Que sálvese quien pueda es la regla de la madre naturaleza. Pero con solo pensar en el sistema -como una estructura de reglas que nos hace vivir como vivimos- se descubre que es mentira. Al ver que las guerras se pusieron “en pausa” durante la pandemia, descubrimos que algo está mal. O peor: no tiene ningún sentido.

Que la “normalidad” no es más que una norma que se impone. Por leyes, por costumbres, por la fuerza. Que la ley se escribe pero puede cambiar. El lenguaje tiene sus modos, pero puede cambiar. Que la manera en que vivimos es “normal”, pero puede y debe cambiarse.

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@Pixbay

Porque yo no veo nada de normal que para que una persona -en vaya uno a saber dónde- pueda tener 5 BMW, más de 10.000 tengan que ganar sueldos miserables que los deja vivir pero jamás salir de ese circulo vicioso. Yo no veo para nada normal que nos digan “somos el campo” cuando deforestan los bosques nativos para el cultivo de una planta que está destruyendo las riquezas de todo el planeta. No veo donde existe la normalidad que merece respeto cuando la riqueza se hereda, se impone o se roba. ¿Esa es la normalidad del mundo en que vivimos?.

Estamos frente a una oportunidad histórica, similar a los tiempos de la Revolución Francesa. A la de los tiempos de la independencia americana. A la de la caída del imperio romano. Todos momentos históricos donde la sociedad comenzó a cuestionar justamente eso: la normalidad. La normalidad de los excesos de la monarquía, la normalidad de los excesos de las oligarquías y terratenientes, la vanidosa normalidad que nos somete a un futuro incierto y desigual.

Esos tiempo están aquí. Esta pandemia es la guerra que no nos enfrenta de forma armada, sino que nos une. Es la guerra que este sistema necesitaba para licuar sus deudas. Pero también es la guerra que ha impuesto el miedo sobre todas las sociedades del mundo como una herramienta de control. Y no se trata de ser anticuarentena, sino de descubrir que a partir lo sucedido, es imposible que no cuestionemos más la realidad. Esa asquerosa normalidad donde vemos a nuestros supuestos representantes vomitando odios para que nos enfrentemos entre nosotros. Vomitando enemistades para separarnos. Vomitando frustraciones que no conocen, porque son ellos los que tiene esa materialidad que nos somete.

Y no se trata de nombres. Cada cuál sabrá donde está parado y hacia donde va. Pero lo que si es innegable, es que el mundo actual no va más. No va más la desigualdad ni la injusticia. No va más el odio ni esa oxidada normalidad.

Será tiempo de reescribir los cimientos de la sociedad, tanto nacional como mundial, para que en el futuro, deje de ser normal que unos mueran por comer en exceso y otros de hambre. Que el planeta languidezca para que el 1% del mundo siga viviendo la fiesta de su normalidad.

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